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Economía con Máximo Kinast

QUE HACER ANTE EL CHANTAJE FINANCIERO

Por Xabier Arrizabalo, Profesor Titular de Economía política de la Universidad Complutense de Madrid.

 

Mucho ha cambiado la economía mundial a lo largo de los últimos veinte años, al menos aparentemente.

Estos veinte años coinciden con los que llevo enseñando economía en la Universidad Complutense de Madrid. Siempre apoyándome en el método marxista, el que culmina la mejor tradición del pensamiento económico (con antecedentes como Quesnay o Ricardo).

Hasta la crisis actual, no pocos estudiantes recibían la referencia a este método, a priori, con cierto escepticismo, sin duda por el abrumador predominio político y académico de la que Marx llamaba “economía vulgar” (puramente propagandística).

En estos últimos cursos, sin embargo, no sólo se reducido dicho escepticismo, sino que buena parte de los estudiantes reclaman una explicación seria de las causas profundas de la grave situación actual y, por tanto, hay una gran acogida al marxismo (incluso con un nuevo Diploma monográfico en la propia Complutense).

 

El porqué de este cambio parece obvio: la grave situación social provocada por el contexto de crisis.

Ahora bien, ¿realmente es esta crisis la causa? En tal caso, ¿puede esperarse que se supere la crisis y se revierta el deterioro social? ¿O, por el contrario, ella no es más que la expresión más descarnada de una tendencia que viene de lejos y es inherente a las exigencias del capital hoy, en su estadio imperialista?

Ciertamente, la crisis actual va mucho más allá de su expresión financiera o monetaria. Constituye una auténtica encrucijada histórica, como se aprecia en el cuestionamiento frontal de las principales conquistas obreras y democráticas, amenazándose así las condiciones de vida de la mayoría de la población.

 

¿Cómo era la situación antes de la crisis? En términos históricos, el periodo que transcurre entre las crisis de los setenta y la actual sólo puede caracterizarse como una etapa de inestabilidad e incertidumbre.

Finalmente, toda la retórica sobre la globalización no escondía más que la mundialización de las políticas fondomonetaristas de ajuste permanente (privatizaciones, desreglamentación, etc.), para tratar de restaurar la rentabilidad capitalista, a costa de todos los componentes salariales: directos, diferidos para pensiones e indirectos para los derechos sociales a la educación y a la sanidad universal, de cara a impulsar la acumulación, ante la agudización de las contradicciones inherentes al capitalismo.

Es decir, una huída hacia delante cuyo principal resultado es la regresión social. En el caso español, el indicador que mejor lo resume es el empeoramiento de las condiciones de vida de las nuevas generaciones, como se muestra en la creciente dificultad para que los jóvenes puedan construirse una vida independiente al llegar a la edad adulta.

¡A pesar de que las posibilidades materiales no han dejado de acrecentarse en los últimos lustros, y muy aceleradamente, gracias al desarrollo científico y técnico!

 

La situación actual de Europa es la máxima expresión de la mencionada encrucijada histórica.

Desde la constitución de los primeros partidos y sindicatos obreros a finales del siglo XIX, la principal singularidad europea ha sido la institucionalización de importantes conquistas sociales, que van desde la legislación laboral que limita la explotación hasta la enseñanza o la sanidad públicas.

Por eso, el papel de la UE ante la crisis, como agencia al servicio del FMI para imponer el dictado del capital financiero, desvela una realidad profundizada desde el Tratado de Maastricht de 1991 (que, precisamente, da este ampuloso nombre de UE a una institución creada en la segunda posguerra mundial al amparo de la potencia dominante, EEUU).

En plata: la Unión Europea, más allá de toda retórica propagandística, es literalmente la negación de Europa, de todos los progresos sociales con los que la “vieja” Europa es identificada (el plan Bolonia y la entrada masiva del capital privado en la universidad pública es un ejemplo señero de cuestionamiento del derecho a la educación superior).

El euro, el camino a la moneda única que entonces se impuso, y su posterior desarrollo, ha sido, y sigue siendo, el principal mecanismo para el disciplinamiento fondomonetarista de la política económica (que, en el colmo de la negación de la democracia, se trató de constitucionalizar, aunque esta pretensión fue derrotada en los referéndum francés y holandés; sin embargo se vuelve a ella en el “Pacto por el euro” de marzo pasado, en el que, además, la subordinación al FMI se hace explícita).

 

Con el mercado único acordado en el Acta Única de 1986, que entró definitivamente en vigor (con algunas excepciones) en 1993, la UE abrió una primera puerta al chantaje del capital.

La libre circulación de mercancías y capitales hacía posible la amenaza de deslocalización. Que, efectivamente se llevaba a cabo, salvo que se aceptaran las exigencias del capital, siempre centradas en unas mejores condiciones para la explotación.

A continuación el euro abre todas las puertas y ventanas de par en par. Así, las agencias de calificación, en manos del capital financiero estadounidense, no hacen sino materializar ese chantaje de la forma más amplia posible: ya no se trata de tal o cual medida puntual favorable a un capital particular, sino de la orientación del conjunto de la política económica, a la que se exige vueltas y nuevas vueltas de tuerca en el terreno de las contrarreformas laborales, el recorte de las pensiones, el cuestionamiento de la negociación colectiva o los ataques a la enseñanza y sanidad públicas.

 

Se sabe que ceder a un chantaje abre una dinámica ilimitada de nuevos chantajes, cada vez mayores (véase, en otro terreno, la novela “El país del miedo”, de Isaac Rosa). ¿Qué hacer entonces?

Hasta ahora, no sin grandes resistencias, los principales partidos y sindicatos de origen obrero se han orientado o bien por gestionar los recortes, o bien, en el mejor de los casos, por tratar de minimizar su impacto.

Sin entrar en otras consideraciones, esta orientación se ha revelado muy negativa, pues cada cesión conlleva un envalentonamiento del capital que siempre exige más.

En el caso español, veinte años de “moderación salarial para priorizar el empleo” han provocado el resultado conocido: un fuerte deterioro salarial y mayor desempleo y subempleo que nunca.

La alegación de que no había disposición para la movilización ha saltado por los aires con la amplitud e intensidad del 15-M que muestra precisamente la pérdida del miedo.

 

Pero no basta con la movilización por la movilización. Es necesario combatir el corazón del chantaje, lo que aquí pasa por exigir como punto de partida innegociable la retirada de las últimas medidas antisociales (contrarreforma laboral, recorte de las pensiones, ataque a la negociación colectiva, recortes de salarios y empleo en el sector público, etc.).

Y, más allá pero urgentemente también, abordar la nacionalización o renacionalización de las empresas y servicios cuya privatización ha mostrado la imposibilidad de conciliar el objetivo de rentabilidad capitalista con los derechos de la población: telecomunicaciones, energía, etc. pero antes que nada el chantajista por excelencia, el financiero.

La potencia del análisis marxista radica sobre todo en que va más allá de cómo se manifiestan superficialmente los fenómenos, indagando en sus causas profundas (“toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente”). 

Esto implica exigir inequívocamente la liquidación del euro y de las instituciones europeas al servicio del capital. ¿Próxima estación de ese recorrido? La huelga del 15 de octubre y la articulación organizativa de las movilizaciones.

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