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Economía con Máximo Kinast

DINERS ELECTRÒNICS - DINERO ELECTRÓNICO

 
 

(En castellano más abajo)
 

Benvolguts companys i companyes:

 

Cada dia són més els escrits que surten en els mitjans de comunicació sobre els avantatges d’un món sense diner anònim i que estan a favor de la implantació del diner nominatiu.

 

Els economistes i la gent estudiosa d’aquest tema cada vegada veuen més clar que aquesta seria una solució i són conscients que aquesta seria l’eina per evitar el caos social que actualment existeix. Molts d’ells per elaborar aquests projectes s’han inspirat llegint la documentació sobre les teories de l’agustí Chalaux que es poden trobar a la seva pàgina web: http://www.chalaux.org/ i http://www.bardina.org/

 

Ara creiem que és el moment històric idoni per conscienciar al poble a través del nostre projecte del documental que està en fase de realització, i que la nostra fita seria poder divulgar-lo arreu del món.

 

Us adjunto l’escrit de Guillermo de la Dehesa (Presidente del Centre for Economic Policy Research) que advoca per la desaparició paulatina de les monedes i bitllets en favor dels diners electrònics per a acabar amb activitats il·lícites i l’economia submergida.

Salutacions cordials,

 

Llorenç Martos – Centre d’Estudis Joan Bardina

 

 
  


 

 

Bienvenidos compañeros y compañeras:

 

 

Cada día son más los escritos que aparecen en los medio de comunicación sobre las ventajas de un mundon sin dinero anónimo y que están a favor de la implantación del dinero nominativo.

 

Los economistss y la gente estudiosa de este tema cada vez ven más claro que esta sería una solución y están conscientes que esta sería la herramienta para evitar el caos social que actualment e existe. Muchos de ellos para elaborar estos proyectos sa han inspirado leyendo la documentación sobre les teorías de Agustí Chalaux que se pueden encontrar en su sitio web: http://www.chalaux.org/ i http://www.bardina.org/

 

 

Ahora creemos que es el momento histórico idóneo para concienciar al pueblo a través de nuestro proyecto del documental que está en fase de realización y que nuestro objetivo sería poder divulgarlo alrededor del mundo.

Les adjunto el escrito de Guillermo de la Dehesa (Presidente del Centre for Economic Policy Research) que aboga por la desaparición paulatina de las monedes i billetes en favor del dinero electrónico para acabar con actividades ilícitea y con la economía sumergida.

 

Saludos cordiales

Llorenç Martos – Centre d’Estudis Joan Bardina

 

 

22 10 2007

¿Es posible un mundo sin dinero en efectivo?


La gran ventaja de un mundo sin dinero en efectivo

El autor aboga por la desaparición paulatina de las monedas y billetes en favor del dinero electrónico para terminar con actividades ilícitas y la economía sumergida.

Autor/es: Guillermo de la Dehesa
Categoría: Política Monetaria

Imaginemos un mundo sin circulación de billetes y monedas de curso legal. Una consecuencia inmediata sería la desaparición del dinero negro ya que los billetes y monedas son los únicos medios de pago donde resulta imposible identificar a su portador. Sin dinero no nominativo, todas las actividades ilícitas que se llevan a cabo en el mundo- financiadas mayoritariamente con billetes “al portador”- perderían su anonimato. Consecuentemente, es muy probable que dejaran de llevarse a cabo.

La mayor parte de los billetes de alta denominación acaba en manos de delincuentes Parece como si el afán recaudatorio pesase más que el de evitar la delincuencia

Estoy pensando, ni más ni menos, que en el terrorismo, tráfico de armas, de drogas, de personas (inmigrantes, hombres, mujeres y niños), de órganos humanos, de animales y plantas, de objetos robados, de objetos copiados o imitados, así como en la gran y pequeña corrupción y en la evasión fiscal. Sin billetes, viviríamos en un entorno mucho más seguro, menos violento y con mayor cohesión social, al desaparecer de un plumazo el mayor incentivo que ampara la actividad ilegal en el mundo.

Paradójicamente, las autoridades políticas de todos los países no son capaces de iniciar un proceso de acuerdo para lograr una sociedad mejor en la que: (i) no hiciera falta tanta policía pública y privada, (ii) pudiera reducirse drásticamente el número de guerras, actos terroristas y atracos, y (iii) solo fuera posible adquirir drogas por vía legal, sin ocasionar una grave violencia sobre personas inocentes. Nótese que en este mundo, una inmensa mayoría de los ciudadanos saldrían muy beneficiados. Solamente, aquellas minorías dedicadas a actividades irregulares o ilícitas saldrían perdiendo.

¿Cuáles son las razones de que una reforma de este tipo no tenga lugar en pleno siglo XXI donde ya existen alternativas tecnológicas para realizar pequeños pagos (los únicos que justificarían el uso de monedas y billetes) más prácticas, rápidas, limpias, duraderas y eficientes que el dinero en efectivo (por ejemplo, las tarjetas monedero, las tarjetas de débito y crédito o los teléfonos móviles, es decir, el llamado “dinero electrónico”)?

La primera razón es que, especialmente en los países desarrollados, hay algunas personas que, sin tratarse de delincuentes o evasores de impuestos, prefieren utilizar el dinero en efectivo para preservar su intimidad ante el temor de que el control del estado sobre los ciudadanos llegue a las cotas de absolutismo que George Orwell anticipó hace varias décadas. No obstante, ante esta visión caben dos importantes respuestas. Por un lado, la gran mayoría de los que comparten esta preocupación, que no son muchos, no están pensando en utilizar el dinero en efectivo para pagos elevados sino para afrontar los gastos corrientes en su vida diaria. Por otro, una cosa es que deba preservarse el inalienable derecho de las personas a su intimidad - a través del estricto cumplimiento de la Ley de Protección de Datos por parte de los intermediarios financieros - y otra bien distinta es incentivar la economía sumergida que beneficia a unos pocos a costa de perjudicar a una gran mayoría de ciudadanos.

La segunda es que existe una corriente de pensamiento libertario, todavía influyente pese a ser minoritaria, que estima que la existencia de una economía sumergida es totalmente legítima, además de eficiente, ya que constituye la respuesta ciudadana natural a la gran maraña de regulaciones del estado o al excesivo nivel de impuestos en algunos países. Esta forma de pensar podría tener cierta legitimidad en casos extremos de algunos países poco democráticos con un control excesivo del estado sobre sus ciudadanos. Sin embargo, este no es el caso en las democracias: en una sociedad democrática, si el estado no puede conseguir que la economía sumergida pague impuestos se verá obligado a aumentarlos a los ciudadanos y empresas que trabajan en la economía oficial. Además, la gran mayoría de la regulación en los países democráticos no es arbitraria o innecesaria y, si así lo fuera, estaría condenada a desaparecer rápidamente por la presión de los votantes perjudicados. Por último, la teoría convencional de las finanzas públicas estima que la eficiencia impositiva se estimula mediante un reparto más igualitario del gravamen impositivo.

La tercera es que, en algunos países en vías de desarrollo - históricamente afectados por frecuentes episodios de inestabilidad financiera, hiperinflación y fuertes devaluaciones - la única forma de ahorro de sus ciudadanos, especialmente de los más pobres, es a través de billetes denominados en divisas estables- como el dólar, el marco o ahora el euro- ya que sus monedas pierden valor continuamente frente a las divisas fuertes. De ahí que la demanda de billetes denominados en euros y en dólares esté concentrada fundamentalmente en la economía sumergida, en la economía ilícita y en la de los ciudadanos de algunos países en desarrollo poco estables, sean sumergidos, ilícitos o normales.

La cuarta, y más paradójica, es la objeción de las autoridades fiscales de los países con monedas de reserva que circulan globalmente, como el dólar o el euro, ya que pueden financiarse de forma mucho más barata emitiendo billetes que emitiendo deuda. Ello se debe a que los billetes son, en realidad, una deuda perpetua, al portador y muy perecedera que emiten los estados sin tener que pagar interés alguno. En otras palabras, se trata de un préstamo sin intereses del portador del billete a su emisor (el estado, a través del banco central) ya que si el portador lo devuelve al cabo de varios años, porque está estropeado, el emisor sólo le paga su valor nominal entregándole otro igual. Es decir, los gobiernos reducen tanto más el coste de su deuda cuanto mayor sea la emisión y utilización de dichos billetes que sustituye su emisión de letras y bonos con interés. Esto es lo que se llama en el argot monetario “señoreaje”, que tradicionalmente representaba la diferencia entre el coste de producirlo y su valor facial cuando el dinero era de un metal precioso (oro o plata). Actualmente, el coste de producir, distribuir y eventualmente retirar un billete es mínimo, al tiempo que su valor facial es cada vez más alto. Por ello, el señoreaje se ha convertido en un ingreso muy importante para las haciendas públicas.

Al señoreaje nacional, por la utilización de los billetes dentro del territorio del país, hay que añadirle un componente internacional, por su utilización en el resto del mundo. Se calcula que, fuera de EEUU, circulan unos 400.000 millones de dólares en billetes, es decir, un volumen superior al que circula dentro de dicho país. Ante tal historial de éxito recaudatorio, no es de extrañar que en el lanzamiento del euro se decidiera emitir billetes de muy altas denominaciones (de 200 y 500 euros) para poder competir en “señoreaje” internacional con los billetes de 100 dólares de EEUU. Sin duda fue una decisión con un gran poder recaudatorio, ya que este año y por primera vez, la utilización de billetes en euros en los países miembros y en el resto del mundo ha sido ya mayor que la de los billetes en dólares. A modo de ilustración, si un bono en euros pagara aproximadamente un cupón del 5 por ciento frente al cero de un billete en euros, el ahorro de intereses sería enorme. Calculando cerca de 900.000 millones de euros en billetes en circulación dentro y fuera del Área Euro, el señoreaje sería de unos 45.000 millones de euros.

El único problema, que considero muy grave, es que la mayor parte de la emisión de billetes de muy elevadas denominaciones acaba en manos de delincuentes nacionales e internacionales. Parece como si el afán recaudatorio de los estados pesase más que interés en acabar con la delincuencia. Seguramente esta interpretación sea muy exagerada, pero hay indicios de la misma en la actuación de algunos funcionarios fiscales que intentan justificar esta contradicción mediante afirmaciones del tipo: “como no podemos gravar con impuestos a los delincuentes por que no somos capaces de detectarles, al menos, conseguimos que paguen algo, ya que les colocamos grandes volúmenes de deuda perpetua sin tener que pagarles interés alguno y además, mantener grandes cantidades de dinero en efectivo no es rentable y es muy costoso”.

Este argumento es falaz ya que, de no existir dichos billetes de altas denominaciones, los delincuentes serían más fácilmente detectados, difícilmente escaparían al pago de impuestos y podrían verse forzados a abandonar dichas actividades delictivas. Es decir, las haciendas públicas de los países recaudarían mucho más de lo que obtienen hoy por el “señoreaje”, al lograr aflorar toda la economía sumergida que funciona con dinero negro y que, además, compite deslealmente con las empresas que sí pagan sus impuestos y que no explotan la situación irregular de sus trabajadores. Más todavía, los estados también se ahorrarían mucho gasto público en fuerzas policiales y evitarían la corrupción de algunos de sus funcionarios y políticos.

La quinta razón es el temor de los bancos centrales a perder el control monetario o a reducir la eficiencia con la que desarrollan su política monetaria, ya que, para ello, necesitan dos condiciones. Por un lado, que el banco central sea monopolista bien en la emisión de dinero en efectivo y en el suministro y retirada de las reservas obligatorias (en efectivo y depósitos) que, en algunos países, deben de tener todos los bancos depositadas en el banco central, o bien de las reservas que, en todos los países, mantienen voluntariamente en el banco central para facilitar sus operaciones de compensación y liquidación con otros bancos. Por otro, que pueda aplicar un tipo de interés variable a sus “operaciones de mercado abierto”, por las que compra o vende, a los bancos del sistema, los activos financieros (bonos, letras, depósitos etc.) que considere necesarios para regular su liquidez.

Sus temores son que el dinero electrónico emitido por otros bancos pudiera sustituir el efectivo y depósitos en el banco central y que dichas compras y ventas pudiesen hacerse fuera de su control. Sin embargo, desde hace ya mucho tiempo, se ha demostrado (véase Sargent y Wallace, 1983) que un banco central puede estabilizar los precios incluso si el público no bancario deja de utilizar totalmente los billetes y monedas. Además, las autoridades monetarias pueden obligar a que todo emisor de dinero electrónico esté regulado, supervisado e inspeccionado, además de forzarle a que les proporcione toda la información necesaria sobre las transacciones que efectúen y a que mantengan reservas obligatorias en los bancos centrales. Con ello, la política monetaria no perdería ninguna eficacia. Nótese que también los bancos centrales generan señoreaje ya que, con el dinero en efectivo que crean sin interés, compran a los bancos activos financieros por los que recibe intereses y podrían perderlo. Incluso en el caso de que algunos emisores de dinero electrónico intentasen mantenerse en una situación de extraterritorialidad, y así replicar el dinero negro sustituyendo los billetes al portador por dinero electrónico no regulado, sería siempre mucho más fácil para la policía y la justicia rastrear las transacciones electrónicas entre delincuentes que las actuales transacciones físicas con billetes.

La sexta razón, y posiblemente la más importante, es que eliminar todo el dinero al portador necesitaría un acuerdo global de todos los estados y bancos centrales en los cerca de 200 países que existen actualmente en el mundo. Lograr un pacto en esta dirección sería un proceso complejo pero no imposible, ya que aquellos pocos países y sus bancos centrales que no aceptaran la propuesta, podrían ser presionados por el resto o ayudados temporalmente para evitar convertirse en “estados delincuentes”.

Finalmente, lo lógico es que, de llegarse a un acuerdo global, este proceso se desarrolle de forma gradual a lo largo de una o dos décadas. Al principio, reduciendo los incentivos a su utilización, por ejemplo, eliminando cada dos años la validez de los billetes en circulación de mayores denominaciones para que sus detentadores tengan que cambiarlos por los nuevos y se vean forzados a declararlos o “lavarlos”. Más tarde, eliminando definitivamente primero los billetes de elevadas denominaciones, para posteriormente ir eliminando paulatinamente los de menor denominación hasta llegar finalmente a las monedas pequeñas, las cuales, a su vez, pueden ser sustituidas por las actuales tarjetas tipo monedero.

(*) Presidente del Centre for Economic Policy Research (CEPR). Se trata de una versión modificada del artículo que apareció en el diario EL PAIS el día 13 de octubre de 2007.

Referencias
Sargent, T. and N. Wallace (1983) “A Model of Commodity Money”, Journal of Monetary Economics, vol. 12

Tratado de: Sociedad Abierta - http://www.sociedadabierta.es/
Un foro de opinión sobre temas socioeconómicos

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